domingo, 26 de febreiro de 2012

TIEMPO DE CUARESMA















La Cuaresma nos ofrece la oportunidad de profundizar en la 
importancia de la Palabra de Dios, del ayuno y de la caridad para asumir 
nuestro compromiso cristiano. La lectura de la Sagrada Escritura  es un  camino 
privilegiado para ahondar en nuestra relación con Dios pues la luz de su 
Palabra nos ayuda a hacer una lectura creyente de la realidad. Así lo 
contemplamos en nuestro plan pastoral diocesano. Es necesario familiarizarse 
con la Biblia sabiendo que como escribe san Juan Crisóstomo, “ningún acto de 
virtud puede ser grande si de él no se sigue también provecho para los otros... 
Así pues, por más que te pases el día en ayunas, por más que duermas sobre el 
duro suelo, y comas ceniza, y suspires continuamente, si no haces bien a otros, 
no haces nada grande”.  El ayuno es siempre importante para crecer en la libertad donde 
percibimos que es más feliz el que más da, porque “hay mayor alegría en dar 
que en recibir” (Hch 20,35), imitando el  amor gratuito de Dios. El ayuno que 
Dios quiere es compartir nuestro pan con el hambriento, ayudando a tantas 
personas que están reclamando nuestra  solidaridad, no sólo con lo que nos 
sobra sino incluso con lo que necesitamos; acompañar a los que están enfermos 
en su cuerpo o en su espíritu; y denunciar toda injusticia. Nuestro ayuno como 
gesto profético y acción eficaz, cobra sentido para que otros no ayunen a la 
fuerza, y acredita nuestro mensaje evangélico. “Las Sagradas Escrituras y toda 
la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el 
pecado y todo lo que induce a él (…). Puesto que el pecado y sus consecuencias 
nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la 
amistad con el Señor”. La caridad, “corazón de la vida cristiana”, es signo de la 
conversión cristiana. Nos lleva a “fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y 
a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la 
suerte de los hermanos. Sin embargo,  con frecuencia prevalece la actitud 
contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo 
la apariencia del respeto por la «esfera privada”.
Nuestra conversión no consiste en adquirir la perfección en solitario y por nuestra cuenta, sino en ser 
mejores hijos de Dios, mejores hermanos y amigos, en particular de quienes 
sufren y esperan nuestra ayuda. “El gran mandamiento del amor al prójimo 
exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a 
quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en 
humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro 
a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente”.

Fragmento de la carta pastoral de nuestro arzobispo con motivo de la cuaresma de este año.

+ Julián Barrio Barrio, 
Arzobispo de Santiago de Compostela

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